Actualmente, estamos solitarios, separados físicamente de los seres queridos y de nuestra rutina.

Pese a las circunstancias, prestamos, atención que somos capaces de descubrir la más profunda libertad interior que la civilización consumista nos había robado al manipular por medio del análisis de las secuencias muchas de nuestras actitudes.

 

Los nuevos faraones manipulaban nuestros deseos y nos manejaban y decidían por nosotros, sin que siquiera lo percibiéramos. Lo hacían de la manera más sofisticada posible, incluyendo el color de nuestras elecciones políticas, la ropa, los muebles, los viajes, y la manera de gozar del ocio.

Estas maniobras consiguieron quitarnos la libertad más valiosa que contamos como individuos: el libre albedrío.

Gracias al confinamiento descubrimos en estos días, muchas cosas olvidadas.

Al leer la Biblia, separados de amigos y familiares con los cuales nos reunimos siempre para compartir, lamentamos por adelantado la falta de la interacción personal, pero, nos damos cuenta que contamos con herramientas para superar el distanciamiento social estableciendo y elaborando un nuevo modelo de conexión emocional.

Descubrimos la posibilidad de alcanzar niveles muy altos de comprensión que se sitúan en la base de la empatía y que facilitan, la ayuda, la escucha, la contención y el consuelo.

Fácilmente podemos aprender del otro, sin importar si tenemos más o menos años de estudios o si leímos más o menos textos, porque el aprendizaje al ubicarse en otro nivel, alcanza el rango más amplio.

En el aislamiento descubrimos también otra libertad que se había herrumbrado: Poder elevar nuestras plegarias de agradecimiento,  sin estar condicionados por el ritmo fijado por el otro, y redescubrir que nuestro hogar puede convertirse en el templo del servicio divino.

 Ahora podemos, tomar consciencia y fijar el ritmo y la velocidad de nuestras plegarias sin depender de un colectivo que muchas veces “cumple” externamente el precepto de orar pero que al hacerlo nos divorcia de nuestro corazón, de nuestra intención de nuestra pasión, del éxtasis, del arrobamiento, del fervor, del ardor y del entusiasmo. Ya no tenemos ni podemos huir para hacer retiros en las profundidades de los bosques para encontrarnos con nosotros mismos y con el Creador.

Podemos dialogar con nuestra familia como hacía mucho no lo hicimos preocupados por correr para ganar el pan y los objetos tantas veces superfluos. Logramos mostrar sin muchas explicaciones cómo se hacen las cosas que la rutina había robotizado.

Este encierro es el entrenamiento para cuando al recuperar la libertad, podamos apreciarla como nunca antes y cantar cantos de alabanza.

Y en los próximos años, relatar a los hijos la terrible pero liberadora experiencia vivida este año.

Aleluyá.

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